El gran nivelador: La violencia, y la Historia de la Desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI
La desigualdad solo se puede reducir substancialmente mediante una catástrofe, dice el estudio histórico de Walter Scheidel.

Cuando uno piensa en la causa de alivio momentáneo, probablemente no pensamos en la Gran Depresión.

Pero cuando Walter Scheidel la presenta en la página 363 de “El Gran Nivelador”, se siente extrañamente adecuada. Ya que se trató de una ocasión — única porque causó un “fuerte impacto sobre la desigualdad económica”, que ninguna otra recesión en América en la historia ha podido replicar. Un aumento real del salario, así como la caída de las ganancias de las clases más altas. Claro que, también trajo sufrimiento millones de personas y una miseria espantosa. Pero lo que no les trajo fue la muerte, y eso la hace destacar.

Pero uno no debe sentirse demasiado aliviado por ese hecho, solo imagine la gran aflicción que venía antes e inmediatamente después de la depresión. Scheidel, como historiador de la Universidad de Stanford, toma la discusión sobre el aumento de la desigualdad, tal visto en la obra reciente de Thomas Piketty, Anthony Atkinson, Branko Milanovic y otros, para colocarla en un amplio contexto histórico y examinar las circunstancias bajo las cuales se puede reducir.

Tras conseguir una enorme gama de obras literarias académicas, para producir una inspección de la edad de piedra hasta el presente, llegó a la conclusión de que la desigualdad en un país, es casi siempre alta o se encuentra en aumento. Esto se debe a las formas en que poder político y el poder económico se apoyan mutuamente, y de cómo su efecto se hereda a la siguiente generación. Al contrario de lo que algunos piensan, en vez de uno autodestructivo, es un sistema hereditario,
Scheidel alega que solamente existen cuatro cosas que efectivamente ayudan a nivelar el sistema al nivel población. Lo causan las epidemias y pandemias. La peste bubónica, también conocida como la Muerte Negra, erradicó a un tercio de la población de Europa, cambiando los valores relativos de la tierra y la mano de obra a finales de la época medieval. Lo mismo ocurre con el colapso completo de estados enteros y sistemas económicos, como al final de la dinastía Tang en China y la desintegración del Imperio Romano del Occidente. Cuando todo el mundo queda empobrecido, los ricos pierden más. Una revolución absoluta, como se dio en Rusia y China, también encaja a la perfección. Lo mismo ocurrió con el pariente de estas revoluciones en el siglo XX: La guerra masiva.

Pero esos son todas las fuentes de igualdad. Las crisis financieras aumentan la desigualdad con la misma frecuencia que la disminuye. La mayoría de las reformas políticas son ineficaces, en parte porque a menudo se dirigen a balancear el poder que se tiene entre los círculos de gente adinerada y los políticamente poderosos, en lugar de aumentar el poder de los que nada tienen. La reforma agraria, la reducción o perdón de la deuda, y la liberación de los esclavos no logran necesariamente romper la tendencia, aunque sus posibilidades de causar un poco de cambio permanente aumentan si ocurren de forma violenta. Pero la violencia por sí sola no crea igualdad, excepto en una escala masiva. “La mayoría de los disturbios populares en la historia”, escribe Scheidel, “fracasaron en absoluto en crear igualdad.”

Quizá la parte más fascinante de [El Gran Nivelador] es la cuidadosa acumulación de evidencia, ya que nos muestra que la guerra a gran escala termina siendo la causa fundamental de cualquier aumento substancial de igualdad en el occidente entre 1910 y 1970 (aunque la famosa Gran Depresión prestó una contribución inusualmente efectiva) Al forzar un sacrificio a todas las clases sociales, el uso de los recursos nacionales a esa escala, bajo esas circunstancias, resulta en una situación inusual, especialmente para la clase adinerada.

El incremento a los impuestos sobre renta y la propiedad durante las dos guerras mundiales, no fue nada menos que espectacular. (La tasa de importación, en su tope, alcanzó el 94% en Estados Unidos en 1944, y los impuestos a la propiedad alcanzaron un máximo de 77% en 1941). El daño físico a los objetos de valor también fue un golpe al capital de la clase más adinerada, igual que las inflaciones de la posguerra. Las guerras también fueron responsables de alentar a los mercaderes a unirse en sindicatos -un factor importante relacionado al ambiente de guerra que también bloqueo el levantamiento de la desigualdad por una generación tras 1945, la cual duró hasta los 80s.

El siglo XX fue una época de crecimiento democrático. El cual Scheidel ve como un consecuencia más de sus guerras. Es seguidor del punto de vista de Max Weber, uno de los fundadores de la sociología, quien ve la democracia como el precio que pagan las élites por la cooperación de las clases no aristocráticas en la guerra, durante el cual se hace legítima una nivelación económica. Siguiendo las fundaciones hechas por Daron Acemoglu y sus colegas, el Scheidel observa que la democracia no tiene un efecto claro y constante sobre la desigualdad. (Un buen paralelo la situación del siglo XX podría ser Atenas, dónde en tiempos clásicos, era una democracia donde había niveles relativamente bajos de desigualdad monetaria y que también fue construida sobre movilización en masa, tal requerida por su época dónde la guerra se enfocaba en combate marítimo).

Es probable que el futuro tenga menos ocasiones donde una catástrofe traiga igualdad. Las pandemias son un riesgo real hoy en día, pero una plaga como la Muerte Negra no lo es. Ni se espera que haya guerras o revoluciones que duren años y donde peleen ejércitos de millones de soldados. Además de eso, la Revolución Industrial trajo la prosperidad a la población en general, independientemente de la desigualdad. Y en las últimas décadas la desigualdad global ha disminuido.

Estas son en general buenas noticias, pero no dan mucha esperanza a alguien que espere que una economía individual se haga más ecualitaria. Aunque Scheidel lo considere un esfuerzo inútil, intentar ecualizar a la población por medio de políticas de redistribución y el cede de poder a los grupos laborales no se considera un esfuerzo dañino. Ellos podrían, ciertamente, prevenir mayor crecimiento de la desigualdad pero difícilmente van a descarrilar el avance del cambio. El mayor inconveniente es que esto sí les puede costar mejores oportunidades; si nuestro rumbo histórico no nos ha enseñado como planear formas pacificas para traer igualdad a la sociedad, quizá sea imposible y los progresistas deberían poner su habilidad a otras tareas.

De otra forma, hay dos posibilidades. Primero, aceptar que las circunstancias históricas cambian. Como muestra Scheidel, el siglo XX era muy diferente de todos los siglos pasados. ¿No es posible que todavía este por venir otra transformación, una menos horrífica, pero igual de potente, que cambie la forma en que la gente, y las naciones, se relacionan unas con otra? Si, por ejemplo, las cada vez más esenciales inteligencias económicas no humanas decidieran no ser propiedad de nadie, en efecto, confiscándose de sus propietarios, no podrían estas hacer una diferencia?

La otra posibilidad es el colapso de la civilización, que algunos ven como un precio justo por la utopía. Una utopía que se levantaría de los escombros, y eso de no ser que simplemente les deje ver como arde el mundo. Los individuos y los grupos pequeños pueden soñar con violencia nuclear o biotecnológica en una escala que era impensable en el pasado. Ya que la riqueza puede concentrarse y juntarse con el tiempo en un solo punto; a diferencia de la capacidad de destruir.

Fuente:
The Economist
The lessons of violence and inequality through the ages
2 de Marzo de 2017
http://www.economist.com/news/books-and-arts/21717801-only-catastrophe-truly-reduces-inequality-according-historical-survey-lessons

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